Literatura

17 ene 2013

“Not exceptionally smart, just a genius”

Sin comentarios Informática, Literatura

Éstas son las palabras con las que me quedo de la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson. He de decir que no me compré este libro con gran entusiasmo, simplemente lo hice porque me encontraba en Polonia y era de los pocos títulos interesantes de la sección de libros en inglés. Sin embargo, después de haberlo leído, puedo decir que es un libro totalmente recomendable para cualquier persona, tanto para admiradores de la manzana blanca como para detractores, o incluso para aquellos a los que les resulte indiferente.

Steve Jobs, al menos para mí, era de esas personas de las que creemos saber muchas cosas, pero realmente sólo se trata de anécdotas inconexas y fuera del contexto de su trayectoria personal. Algunos de los rasgos que yo conocía del fundador de Apple eran sus manías, su exagerado control en todos los ámbitos de la empresa, sus broncas legendarias, su mediocridad como informático y su rechazo por la filantropía. En su biografía estos rasgos no desaparecen, ni mucho menos, incluso diría que se magnifican, pero descubrimos que bajo esa capa exterior llena de defectos y excentricidades se encuentra un genio con todas las letras.

Jobs no fue ningún inventor, y él mismo era el primero en reconocerlo. En ningún momento ocultó haber obtenido el ratón y la interfaz gráfica utilizada en Lisa y Macintosh gracias a las proyectos de investigación llevados a cabo en Xerox PARC (a cambio de un gran paquete accionarial de Apple, lo que no siempre se menciona). También es obvio que existieron teléfonos antes del iPhone, reproductores mp3 de bolsillo antes del iPod, y tabletas táctiles antes del iPad. Lo que Jobs hizo fue revolucionar esas tecnologías -y sus correspondientes mercados- hasta el punto de crear productos irreconocibles respecto a los ya existentes. ¿Cómo de grande fue el paso que hubo entre los últimos Nokia de comienzos de los 2000 y los primeros iPhone? Lo que antes servía para hacer llamadas, enviar SMS y realizar fotos de baja calidad, se transformó en un dispositivo con la potencia de un ordenador y el tamaño de un móvil, dotado con navegación web, GPS, reproductor de música, y miles de aplicaciones y juegos. Todo ello en un trozo de cristal, sin teclas.

A lo largo del libro y en diferentes partes, se menciona la relación de Steve Jobs con Bill Gates. Me resulta admirable como estos dos gigantes de la informática, rivales entre sí, estuvieron en contacto hasta el final. Sus visiones siempre fueron completamente opuestas; mientras que Gates había optado por un modelo en el que el software era totalmente independiente del hardware y compatible con distintos fabricantes, Jobs defendía a capa y espada la integración de hardware y software con el fin de poder brindarle al usuario una “experiencia” optimizada y totalmente controlada. A pesar de esta diferencia, de su brutal rivalidad en el mercado y de las muchas discusiones a gritos que tuvieron a lo largo de sus vidas, ambos se admiraron en cuanto a determinadas cualidades. Unos días antes de que Jobs falleciese, Gates fue a visitarle a su casa de Palo Alto y allí pasaron la tarde charlando sobre informática, sus familias y la vida en general.

Steve Jobs era un hombre de producto. Toda su visión giraba entorno al producto, su diseño, su potencia, su utilidad (muchas veces desconocida hasta entonces por los usuarios), y siempre con un control total sobre la experiencia del usuario mediante la integración de hardware y software. Los diseñadores dejaron de crear carcasas para los componentes que realizaban los ingenieros; ahora eran estos últimos quienes se enfrentaban al reto de crear placas y chips que encajasen en los diseños propuestos y sin perder potencia. Su producto más preciado no era Macintosh ni el iPhone, sino simplemente Apple. Su deseo siempre fue construir unos cimientos fuertes para que la empresa permaneciese en el tiempo a lo largo de varias generaciones, al igual que lo habían hecho otras firmas que él respetaba profundamente y consideraba de referencia, como eran Walt Disney, Intel y Hewlett-Packard. Puede decirse que él cumplió su parte del trabajo, dejando Apple tras su marcha como la empresa con más valor bursátil del mundo. ¿Los siguientes estarán a la altura?